martes, 16 de octubre de 2012

Por favor, paren el mundo que yo me bajo*

A veces, la vida va tan deprisa que uno no tiene tiempo de pararse en el camino para situarse en el mundo. Una de las mejores cosas que me dio el Lago Baikal fue tiempo para pensar y situarme lejos de Internet, teléfonos móviles, televisión, periódicos...

 Todos mis entretenimientos para los ratos de descanso en el Lago Baikal

Todas las tardes, tras pasar la mañana trabajando en el camino, me sentaba sobre las piedras del suelo, a orillas del lago. Allí, sin otro ruido que las olas y, algún que otro mosquito acechando a mis venas, reflexioné sobre la vida como científico.

A la orilla del Lago Baikal. Excelente lugar para pensar.

Los que estamos metidos en este mundillo, siempre nos preguntamos lo mismo: ¿por qué sigo aquí? La vida de un post-doc español, por norma general, se planifica de dos años en dos años. Tus planes de vida tienen fecha de caducidad y, cada dos o, si eres afortunado, tres años, se renuevan.
Lo más duro siempre es dejar atrás a los amigos que, en el extranjero, son como tu familia. Por suerte siempre te llevas lo mejor de cada uno y, además, algunos se instalan para siempre en tu vida. Pero, a pesar de todo, siempre haces las maletas mirando a ese lugar que tanto añoras, pensando que, algún día, harás la maleta para volver allí donde hay algo de ti que, te niegas a llevarte contigo porque te resistes a decir adiós a ese pueblo donde creciste, a esa ciudad en la que tantos buenos ratos pasaste... Esa ciudad o pueblo a la que, cada post-doc pone nombre propio: Sevilla, Nerva, Toledo, Madrid, Ciudad Real, Vigo, Santiago, Irún, Zaragoza, Guijuelo, Salamanca, Monterrubio de Armuña, Valencia...

Uno de mis rinconcitos de España (Monterrubio de Armuña-Salamanca)

Muchos podrían decir que, si tanto añoramos nuestro rinconcito de España, ¿por qué nos marchamos? Pues bien, la Ciencia es como una carrera de fondo. Una carrera que se desarrolla por los caminos de una montaña. Hay momentos difíciles pero que, sabes que una vez superados, el camino se pondrá de tu parte. Hay otros momentos en los que, encuentras tantas obstáculos que, pareces no avanzar. A veces, te tropiezas. Otras veces, tienes la suerte de ver cosas fantásticas al alcance de muy pocos. Pasas por momentos de querer dejarlo todo pero, siempre, en el último instante, aparece algo que hace que merezca la pena seguir. Y todo esto, por un simple objetivo: alcanzar la meta. Y, una vez que llegas, tu mayor ilusión es regresar a casa y poder compartir la experiencia con los tuyos. 

 Sendero del Parque Nacional del Prebaikal. 
Merece la pena subir las cuestas sólo por ver la inmensidad del Lago Baikal a tus pies.

 Amanecer a orillas del Lago Baikal. Un privilegio para quién puede verlo.

Vistas del Lago Baikal desde el sendero del Parque Nacional del Prebaikal. 

Sin embargo, igual que España se convirtió en el país del ladrillo, la Ciencia en España es una carrera de fondo por un circuito de asfalto lleno de obstáculos: semáforos en rojo que te prohíben pasar; muros que te obligan a retroceder; cruces mal señalizados que te hacen perderte; baldosas mal fijadas con las que tropiezas y caes en medio de una multitud que, o gira la cara para otro lado o, se ríe de tu situación. 

Fotografía tomada en Mumbai (India). 
Si mi viaje al Lago Baikal fue un regalo, mi viaje a la India estuvo lleno de situaciones que me llevaron al límite. 

Ahora mismo, lejos de mi gran viaje al Lago Baikal, me pregunto para qué seguir. Supongo que, a pesar de todo, uno siempre piensa que puede encontrar una flor creciendo en mitad del asfalto y, eso es lo que mantiene esa ilusión de seguir para (si uno llega a meta antes de que, alguien sentado en un cómodo sillón en una oficina, dé por concluida la carrera) poder llegar a casa y decir que has visto una flor dando vida al asfalto. Y, si no llegas, volver sabiendo que lo has intentado, que lo diste todo a pesar de que alguien decidió, bajo su propio criterio que, tu esfuerzo no merecía ver la meta.

Desde Julio se lleva anunciando una publicación "inminente" de las convocatorias Juan de la Cierva, Ramón y Cajal y, Torres Quevedo, probablemente, la última esperanza para muchos de poder compartir la experiencia de formarnos en el extranjero y utilizarla para el avance de la Ciencia y, en general de la sociedad española. En mitad del mes de Octubre, la publicación sigue aún siendo "inminente". Hace unos días se publicó la suspensión de los contratos post-doctorales para salir al extranjero, al primera ayuda en el camino, para los que la hubiesen podido conseguir, de formarse en otros laboratorios fuera de España. Hoy se hace público un comunicado que, anuncia la suspensión de las becas predoctorales JAE del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC, la mayor institución pública de investigación de nuestro país). Con esto, directamente, algunas personas ni siquiera podrán optar a participar en esta carrera para ser Científico. 

Necesitaría volver al Lago Baikal para poder reflexionar sobre porqué queremos volver a un país donde los políticos nos gritan y nos escriben con letras gigantes que no nos quieren; que no les servimos para ganar votos; que no servimos para crear otro boom inmobiliario; que sólo servimos para crear conocimiento a corto plazo y, eso no les interesa; que el beneficio económico sólo lo damos a largo plazo, siempre más tarde de los 4 años que dura una legislatura. 

En el Lago Baikal aprendí que hay momentos en los que hay que pararse a mirar alrededor, observar, pensar. Hoy, he sentido la necesidad de pararme. 

* Cita de Groucho Marx

domingo, 14 de octubre de 2012

Viaje al Lago Baikal (III): toma de contacto, entonces, ¿repetimos?

Como en cualquier trabajo, antes de empezar, hay que saber qué es lo que hay que hacer. La que sería la primera jornada de trabajo para mejorar el camino, la hemos dedicado a revisar las condiciones de éste. 
El camino en el que íbamos a trabajar era el mismo por el que había llegado yo la noche anterior. Cuando Marta y yo nos enteramos, nos surgió la primera cuestión: ¿qué había que mejorar en un camino que estaba en perfectas condiciones?
A mitad de camino, cuando la brigadier* nos iba a explicar qué había que hacer en el camino, la primera división de opiniones fue evidente en el grupo. De un lado estábamos los procedentes de centro-oeste de Europa y el australiano. Por otro, las originarias de Rusia. Nosotros veíamos el camino en perfectas condiciones. Además, pensábamos que, ensancharlo más, como inicialmente propuso la brigadier favorecería la llegada masiva de turistas que, realmente no tienen ningún amor ni respeto por la naturaleza. La sección eslava del grupo, sin embargo, tenía otro concepto de las cosas. Un camino más perfecto, favorecería que todo el mundo pasase por él y, no se creasen caminos alternativos así, los desperfectos al medio estarían sólo concentrados en una zona. 
Yo ya conocía el camino así que, volver a ver toda la basura que deja tirada la gente que va a acampar al Lago Baikal no me sorprendió. En el caso de mis compañeros, no sólo les llamó la atención que, una zona colindante a un área protegida, pareciese un estercolero sino que, estaban asombrados (de manera negativa) por la facilidad que había en la zona para el acceso a vehículos ya que, esto favorece la acampada de gente sin ningún tipo de conciencia ecológica.


Al llegar al pueblo, algunos han comprado vodka. Hemos comprado también comida para el grupo y, nos hemos vuelto al campamento. 


Tras la comida, Marta y yo hemos ido a por unos troncos secos de árboles caídos. Las otras chicas se han ido a bañar y, los chicos se han quedado cortando la leña que Marta y yo traíamos. En uno de nuestros paseos en busca de troncos caídos, los chicos han aprovechado para "refrescarse" con un poco de vodka. El caso es que, al regresar de nuestro último paseo en busca de leña, alguno de los integrantes del grupo estaba más que contento y, como en cualquier situación de este tipo, las risas del principio y, los vómitos del final fueron los que marcaron esta segunda noche del grupo en el Lago Baikal.



* Brigadier: general de brigada.


martes, 4 de septiembre de 2012

Viaje al Lago Baikal (II): "caminante no hay camino"


Una vez en Bolshoe Goloustnoe, debo continuar para llegar al sitio donde han acampado mis compañeros. Desafortunadamente, no sé dónde está ese maravilloso sitio. En estos momentos, recuerdo que Dorothy* tuvo que seguir el camino de baldosas amarillas. Alrededor no veo ningún camino de baldosas y, mucho menos de color amarillo. Pero decido dejarme llevar por lo que me resulta más lógico y sigo el camino que parece ser más principal. 

Mi particular camino de "baldosas amarillas"

Pero no todo puede ser tan fácil y, absorta en mis propios pensamientos, las dudas deciden acompañarme: “de las 20 paradas que ha hecho el bus en este pueblecito, ¿he bajado en la correcta?” Si he bajado en la parada adecuada, genial. Pero, si no, podría estar andando en el sentido contrario. Quizás desde alguna de las otras paradas que hizo el autobús salga algún camino. ¿Y si ese supuesto camino es el correcto?
Un perro negro decide sacarme de mis reflexiones con sus ladridos. El perro está delante de mí. Me mira, me ladra así que, decido desviar mi mirada y, dejar de avanzar directa hacia él para hacerlo por un costado y, de esta manera, hacerle ver que, no quiero conflictos con él. El perro comienza a seguirme. Me paro, se me acerca, le dejo que me huela la mano y, le acaricio. A partir de este momento, equivocada o no, continúo mi viaje acompañada de un perro. Como cualquier otro integrante de esta especie de cánidos, este lindo perrito me vuelve positiva. Quizás, este peludo de cuatro patas y rasgos de perro nórdico podría ser el Hombre de Hojalata o, el Hombre de Paja o, el León que, acompañaron a Dorothy en su camino en busca del Mago de Oz. Pero, no puedo seguir mi viaje con él sin que nuestra relación sea un poco más cercana de modo que, decido ponerle un nombre: Sibir. Al andar no apoya su pata derecha trasera. Aún así, avanza más rápido que yo. Cada cierto tiempo se para, se asegura que sigo detrás y, si estoy lejos, espera.

Sibir

No sé cuanto tiempo llevo caminando. En realidad, prefiero no saberlo. Ahora, estoy casi convencida de que voy por el camino correcto. Voy cruzándome con gente hasta que, de repente, a lo lejos veo a alguien conocido, ¡Marta! Por fin, ahora sí, estaba en el buen camino, las vacaciones habían comenzado.
Mientras caminamos hacia la zona donde estaban acampados, Marta me informa de la gente que compone el resto de la expedición. Yo le cuento mi viaje. El perro negro ha desaparecido.
Al cabo de una hora, llegamos al lugar donde estaban los demás. En total éramos nueve personas: tres rusas (una de ellas la guía), un australiano, dos alemanes, un suizo y, las dos españolas (Marta y yo). Y, nuevamente, allí está Sibir, esperando nuestra llegada, convencido de que, si bien no seguimos su atajo para llegar antes, llegamos. Mi duda siempre será ¿cómo sabía que íbamos hasta allí?

Sibir esperando nuestra llegada en el campamento. 


"Hogar, dulce hogar" y, este sitio sería mi casa durante los 12 siguientes días. 

Esa noche, recuerdo que, tenía una sensación rara, de apatía. Estaba desubicada, incluso sin humor para interaccionar demasiado con el resto. Era hora de tumbarme dentro de mi saco a descansar. Al día siguiente, quizás lograse armonizarme con la naturaleza del Lago Baikal.

* Protagonista del libro “El Mago de Oz”, escrito por Lyman Frank Baum. 

domingo, 26 de agosto de 2012

Viaje al Lago Baikal (I): en busca de algún lugar en el Lago Baikal


Además de la ley de Gravitación Universal, hay otras leyes, también universales no escritas que son el pan nuestro de cada día. Todas estas leyes se acumulan en un compendio de leyes llamado leyes de Murphy. En honor a  Edward A. Murphy Jr. que durante la década de los 50 del pasado siglo, “postuló” la Ley de Murphy: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. 
Cuando trabajas en el laboratorio, debido a ese rigor experimental de los científicos que, obviamente, marca nuestros experimentos, las leyes de Murphy, siempre, siempre se cumplen. Y, esta vez, no iba a ser menos.
Tras un par de meses en los que ninguno de mis trabajos parecía avanzar, en uno de esos días de bajón en los que piensas que, si estuvieses en tu casa, el tiempo te resultaría más provechoso que intentando cambiar todo lo cambiable de un experimento para, lograr saber qué es lo que no está funcionando y, lo más importante, lograr ese resultado tan buscado. Pues, como iba diciendo, fue en un día de estos en los que, hablando con mi amiga Marta sobre un enlace de unos campos de trabajo organizados por una ONG rusa (Большая Байкальская Тропа, http://www.greatbaikaltrail.org/), acabamos embarcadas en un proyecto para mejorar unos senderos del Parque Nacional del Prebaikal.

Los experimentos no estaban funcionando así que, ¿podía tener mala suerte en otros aspectos de la vida? La respuesta es: ¡por supuesto! y, en este caso, además, era obvio, ¡habíamos decidido ir a Rusia! De las tres veces anteriores que había viajado con Marta a Rusia, en todas habíamos estado presentes en alguna desafortunada aventura. Y, “no hay dos sin tres”, “no hay quinto malo” pero, nadie ha definido qué ocurre la cuarta vez.

El primer problema llegó con la obtención de mi visado aquí en París. En Francia hay tres Embajadas Rusas donde solicitar que te tramiten el visado: Estrasburgo, Marsella y, París. Pero no todas son iguales y, la delegación de París es la que más documentación solicita (documentación que, además, no está indicada en la página web). Es evidente que no lo pongan en la web ya que, no tiene sentido esta diferencia de trato en función de qué Embajada te pille más cerca de casa pero, así es como, a veces, se entiende esto de la égalité por Francia. Por otro lado, conociendo la administración rusa y la francesa por separado, “no se puede pedir peras al olmo” cuando ambas convergen, obtener mi visado no fue fácil. Afortunadamente, cinco días antes de la fecha en la que debía de partir, me informaron de que mi visado estaba hecho y, que podía pasar a recogerlo.

Bueno, ahora sí, todo listo: visado, billetes, cómo-dónde y cuándo me juntaría con Marta y el resto de los integrantes de la expedición, mochila, etc.

Mi viaje comenzó a las 3 de la madrugada (hora local parisina) del 24 de Julio del 2012. Llegué al aeropuerto Charles de Gaulle una hora y media después de salir de mi casa en el 14e arrondisement. Esperé a que se abriesen los mostradores para la facturación, pasé todos los controles y, llegué a la puerta de embarque. Todo como la seda, ningún problema y sobre el horario previsto.
A las 13:15 (hora local en Moscú), llegué al aeropuerto de Sheremetyevo, 10 minutos antes de la hora prevista. Empiezo a sentir un cosquilleo en el estómago de los nervios que me produce siempre pasar en control de pasaporte en este país (fruto de ver, en mi primer viaje a Rusia como a una señora la llevaban los policías a la comisaría para retenerla allí hasta que saliese, unas horas más tarde, un vuelo de regreso a Madrid por un problema con el pasaporte). No obstante, paso el control sin problemas. Ahora, cruzo los dedos esperando que mi mochila salga y, ahí llega. La recojo y me dirijo hacia la oficina para cambiar dinero. 
¡Empiezan mis vacaciones!, ¿inmersión rusa? Me lanzo a hablar en ruso, primera prueba, las cifras. Resultado, satisfactorio. Lo siguiente, enterarme bien de cómo llegar desde este aeropuerto hasta el aeropuerto de Vnukovo. Parece que, estas situaciones en las que te tienes que apañar sólo, te hacen sacar de algún rincón del cerebro cosas que no usas habitualmente y, ¡información sobre cómo desplazarme entre aeropuertos con el uso de verbos de movimiento en ruso, entendida!
Al llegar al aeropuerto de Vnukovo, a eso de las 16:15 (hora de Moscú), me llama la atención que, en el control de seguridad previo a la zona de embarque no me piden ni siquiera que me quite las botas de montaña. Algo raro para ser un aeropuerto y, sobre todo, para ser un aeropuerto de Moscú.
El embarque se hace a la hora prevista, pero el avión no despega a las 19:55 como debería, sino 30 minutos más tarde. Bueno, tengo demasiado sueño así que, cierro los ojos y, duermo.
A eso de las 07:48, aterrizo en el aeropuerto de Irkutsk o, eso es lo que yo creía. ¿Un vuelo a Rusia sin anécdota? Eso, en mis viajes a este país, no existe. Por lo poco que entiendo a la chica rusa que está sentada a mi lado en el avión, hemos aterrizado en otro aeropuerto. A todo esto, tengo tal descontrol horario que, no sé exactamente qué hora es, tan sólo sé que, en París son las 00:48 h.
Al bajar del avión llegamos a algo parecido a una terminal en un aeropuerto que, parece un polideportivo (quizás más pequeño) con dos pisos y muchos tabiques para hacer varias salas. Lo mejor es que, no hay paneles informativos así que, no sé dónde estoy, no sé qué hora es, no sé qué va a pasar ahora. Afortunadamente, el aeropuerto tiene una terracita y da el sol. Envío un mensaje al móvil español de Marta, confiando en que los mensajes lleguen. Quince minutos después recibo respuesta con toda la información que debería saber: estoy en el aeropuerto de una ciudad llamada Ulán Udé, el avión no ha podido aterrizar en Irkutsk por razones climatológicas y, ¡no se sabe cuando saldremos hacia Irkutsk! así que, la expedición sigue su viaje sin mi, según el horario previsto y, cuando llegue a Irkutsk ya me dirán cómo llegar a dónde sea que tenga que llegar para unirme al resto.
Tras cuatro horas de espera en el aeropuerto de Ulán Udé, emprendemos rumbo hacia Irkutsk. Llego allí a las 11:10, voy a por mi mochila y, ¿ahora qué? No conozco a nadie y, no sé si tengo que esperar a alguien en el aeropuerto. Intento localizar a Marta pero su móvil está apagado o fuera de cobertura. En el mismo momento en el que, suma de mi cansancio y la desesperación, me iba a poner a llorar, apareció una chica que me preguntó si yo era Pilar. Era Sveta, una de las organizadoras de los proyectos.
Nos informamos del horario del autobús que hay para ir hasta Bolshoe Goloustnoe, un pueblecito en la costa occidental del Baikal. Una vez allí, siguiendo un sendero y caminando durante una hora y media, debería de llegar hasta el campamento donde se encuentra el resto. A las 16:00 (hora de Irkutsk) el autobús sale hacia este pueblecito a orillas del Lago Baikal. Y, ¡qué autobús! Unas cortinas digamos que, curiosas; la tapicería, peor que la del RER-B de París. Los que hemos llegado primero tenemos suerte, podemos ir sentados (un poco juntitos, eso sí, por si tenemos frío con estos 30 grados que hace en Irkutsk); los que han llegado más tarde y, aquellos que vamos recogiendo por el camino, en las supuestas paradas de bus (no indicadas), tienen que ir de pie.

Vista desde la última fila y, antes de que se llenase de gente, del autobús que me llevó hasta Bolshoe Goloustnoe

Al ver que el autobús para en cualquier parte, me empiezo a preguntar cómo sabré dónde me debo de bajar. Y, mis dudas empiezan a convertirse en dudas razonables y preocupantes cuando veo que dejamos una carretera para adentrarnos en un camino de tierra y piedras, lleno de baches. ¡Tengo la sensación de llevar siglos viajando! Creo que hasta ahora no he sido consciente de que, ¡estoy en Asia y en la Rusia muuuuuuuy profunda! Aún así, decido ir hasta la última parada que haya, al fin y al cabo, si hubiese tenido que bajar antes, ¡me lo hubiese indicado Sveta!
Por fin, a las 19:15, ¡llegué a Bolshoe Goloustnoe!, frente a mi, por detrás de las casas, ¡el Lago Baikal!

Mi primera imagen del Lago Baikal. Poco a poco me acercaba a mi destino.